viernes, 14 de octubre de 2011

quaesivit: ¿ubi sunt umbrae?

de pascal quignard, las sombras errantes:

una mano terrible ha intervenido bruscamente en la tierra: la del intercambio único, sin otro fin que su botín, sin otro medio que la propia presión que ejerce, sin otro ritmo que la monotonía de su crecimiento. esta mano ha impuesto su concordia: es la de una indulgencia despótica. tiene el sonido verde y nuevo de un dólar que cruje — y cuyo rechinamiento trata de dominar la voz de las lenguas. por primera vez los comerciantes se dirigen a la totalidad del mercado al que han logrado darle forma. esta última invasión los excita pero también los limita por la unidad a la que los somete. su interés consiste en vender, a todos, al mejor precio, lo que se fabrica, es decir al género humano. fomentan revoluciones en los últimos imperios con el fin de traspasar las fronteras. se apoyan en el terror para vender la paz. en un instante dominan el deseo de la especie con un objeto único cuya vida, raramente, sobrepasa al día de su adquisición. este objeto es tan frágil que casi es una imagen de sí mismo. es, por ejemplo, un cáliz tomado cerca de soissons, cubierto de oro, y que se rompe. pobre de aquel que ha conocido lo invisible y las letras, las sombras de los antiguos, el silencio, la vida secreta, el reino inútil de las artes inútiles, la individualidad y el amor, el tiempo y los placeres, la naturaleza y la alegría, que no son nada que pueda intercambiarse y que constituyen la parte oscura de la mercancía.

cada obra de arte puede definirse de esta manera: lo que electrocuta esta luz. cada frase, en el instante en que es escrita puede definirse de esta manera: lo que hace estallar la pantalla donde se muestra el rostro, cada vez más indefinido, de una clase única de vivíparos fascinados. el destino de aquellos que utilizan el lenguaje no ha sido siempre la hipnosis.

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quaesivit: ¿ubi sunt umbrae?

cuando descendía a los infiernos, el último rey de los romanos preguntaba a los infiernos:
— ¿dónde está el infierno? ¿y dónde las sombras? ¿dónde las orillas que bordeaban el río aqueronte y el agua tan débil? ¿dónde los campos elíseos y las grutas de cumes, el erebo y las almas blanquecinas de los muertos? ¿los mantos llenos de sangre escurriendo, las antorchas y las tres erinias? ¿la barca azul de caronte? ¿dónde está la muerte?

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es la segunda vez que la humanidad se acerca a la unidad. el fondo de horror del cual ella se perfila, lo ha inventado paso a paso. no hay manera de discernir entre guerra mundial y guerra civil desde el momento en que ya no hay más que un solo mundo. la segunda guerra mundial en el corazón del siglo pasado disolvió para siempre la idea de humanidad en la humanidad. el futuro concierne ahora a la corteza terrestre y a la vida que la había recubierto desde el fondo de los mares hasta lo alto de las montañas. el pasado, las tumbas, la memoria, las historias, las lenguas antiguas, los libros que fueron escritos en otros tiempos, las tradiciones religiosas, políticas, artísticas, individuales que fueron olvidadas, arrancadas del ritmo legendario que las había creado unas tras otras, están para siempre desvinculadas de la realidad. a las lenguas que ya no tienen bocas para decirlas, se les llaman muertas. y sin embargo son tesoros de alegría que se acumulan. al acumularse, esta alegría se concentra. el sig- nificado, la sorpresa no han huido todavía. el futuro que viene no debe llegar, pero sí sorprender. la sombra ha sido sepultada. “¿dónde están las sombras si yo ya no estoy?”, se interrogaba el último rey del mundo antiguo cuando dejó el castillo de alabastro que dominaba el río aisne. son las sombras que hay que oponer a las imágenes.

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