sábado, 8 de octubre de 2011

ambystoma tigrinum

 de salvador elizondo, ambystoma tigrinum:


el universo paralelepidal de los ajolotes mide 15 x 30 cm. de planta y 20 cm. de altura, con agua hasta la mitad de ésta. este paralelepípedo está inscrito en otro de dimensiones infinitas que constituye el universo imposible del ajolote y sólo el universo posible de la salamandra, al que el ajolote accede por metamorfosis.

toda heurística se ve comprometida en el hecho, experimentalmente significativo en el caso del axólotl, de la imposibilidad de saber a priori, quién observa a quién.

todo en ellos delata una profunda nostalgia por el lodo.  

el habitante ideal de un medio ambiguo: el fango, que no es ni líquido ni sólido, como el ajolote no es ni acuático ni terrestre; ni cabalmente branquial ni totalmente pulmonar, sino ambos o ninguno a la vez.

la evidentísima sensación de que los ajolotes ilustran una teoría radical, inquietante, garrafal, acerca de la naturaleza de la vida, es lo que origina un sinnúmero de posibles mitologías sobre ellos.

no deja de ser bastante interesante el hecho de que el ajolote que vive en el agua es la potencia de un ser que puede vivir en el fuego: la salamandra alquimista.


viaje al origen del axolotl. creación de un periodo capaz de remontarnos hasta este núcleo. 
enormes paramentos y taludes de adobe surcados de formiculantes escalerámenes tallados en la polvaginosa materia de oro que se complican con recios andamiajes tensamente ligados con tendones y sogas que surcan las gigantescas murallas ocreáceas trazando caprichosas demostraciones de una geometría bárbara y terrorífica.

es fácil intuir las formidables construcciones solares que recela esta impenetrable barrera de lodo; la luz la vuelve cristalina y dorada a la vez, como si la ciudad estuviera rodeada por el cilindro titánico de sus murallas de tierra; un topacio radiante en mitad de un espacio ardiente, infinito.

el ajolote es un objeto a partir del cual se puede instaurar el fundamento crítico de una cultura: la cultura axólotl, por ejemplo: su función representa en el ámbito de la naturaleza  (o de lo natural o “exterior”), una forma de civilización interior.

ante las represas ciclópeas: premonición de la ciudad.
raza abocada a una monumentalidad delirante; ingente de grandes materiales sublimes para realizarla. Imagino esta ciudad pentálica más líquida que cualquiera de Grecia.

una ciudad fundada para su población por seres genéticamente transmutantes. axolotitlan. Como si la ciudad hubiera sido construida por esos hombres que cometen grandes crímenes del espíritu impunemente; por nómadas que han llegado, en ese momento incandescente, al último centro de la espiral de su camino y adoptan la condición hierática del sedentario, del erector.

son ingravitantes dentro del agua y figuran en esa quietud inerte en la que discurren la representación del pensamiento puro igual que la potencia de transmutación voluntaria en un espécimen superior de su especie.

la relación estrictamente visual; pavorosa en ambos sentidos.

las dos formas extremas de la vida aquí: el águila que vuela y preda y el ajolote que nada y medra. en medio de ellos el constructor de este sueño de lodo y piedras enormes se ajetrea en el barullo de los mercados y en las inmediaciones de los templos donde se da el espectáculo de los sacrificios humanos.

visión de las serpientes apareadas o luchando. una de jade y otra de obsidiana. la visión de una falacia simbólica que desmienten esas manitas de simio. el ajolote es ambiguo como el hombre que ha levantado estas barreras dentro de las que el espacio parece amplificarse.

agua turbia y espesa para la glorificación de estas construcciones, para la proliferación de estas serpientes que tienen la forma de falos o de excrementos.

en la digresión no está la esencia, sino la vida de la prosa.

aquí no hay columnas; solamente cimientos.

hay, sobre la puerta mayor de las murallas de axolotitlán, inscrita dentro de un pórtico ornado de culebras circunconvulsas, una rúbrica que dice: hemos abolido el sonreír y la reproducción. hemos optado por la metamorfosis.

había soñado antes de llegar a las puertas de axolotitlán con una construcción espiritual hecha totalmente de lodo y de piedra. una construcción tan vasta como la torre de babel dentro de la que fuera posible la perfecta convivencia de esos hombres emplumados con los dioses pétreos y con esas bestias fulgurantes, en un ámbito que tuviera la densidad exacta del pulque, de la sangre.

concebí entonces una raza de seres branquiales que en todo momento detentaran el conocimiento de su posibilidad pulmonar y aérea. me percaté de que habían sido creados para vivir en pequeños charcos de sangre.

quise presenciar el acontecer cruento que configuraba a esa civilización, la cual en todos sus hechos se complacía en las ablaciones y en las disminuciones de sí misma  y que había adoptado el principio de flotación inerte para regir esa forma de vida víscida, conglomerativa, casi inmóvil en que medraba.

el carácter sin embargo patético de los habitantes de esta comarca, cuyo rostro está esgrafiado de un sentimentalismo ríspido, desprovisto de esa fluidez que hace la melodía de la descripción de un rostro atormentado, hace que floten ambiguos, eternos.

el instante, esa porción durante la que nuestro ser está inmóvil entre la luz y la mirada, se amplifica en esa emanación de eternidad como si el gesto fijo que lo representa no se resumiera en el cuerpo del que emana, sino en la quietud tan intensa que es capaz de producir un cuerpo.

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