miércoles, 26 de octubre de 2011

alegoría

 de sergio gonzález rodríguez, el hombre sin cabeza:

mi hermano, el que vivía en la nostalgia por el deslumbramiento de la muerte y lo que fue su propia vida, se llegó a identificar con el protagonista de una película que reproducía de algún modo el trance que había vivido. un estudiante de medicina y sus compañeros realizan experimentos en un laboratorio universitario, obsedidos por el momento de la muerte. hacen detener su corazón y lo reaniman. el suspenso que se abre mientras están muertos desata visiones personales del pasado que comienzan a cercar a su vida una vez que son reanimados. ahora recuerdo sólo algunas partes de la película y su aventura, relámpago de un sueño distante, que tenía un sesgo obvio de advertencia, algo sobre la imposibilidad de atisbar lo incognoscible, o sobre la venganza de una alteridad radical.

quizás planteba las limitaciones de la ciencia. no me entusiasmó ni la película ni la historia. mi hermano la veía con otros ojos. una mirada oblicua y fatal que se retiraba poco a poco de su familia, su trabajo, su mundo, sus trayectos, su memoria. la agonía lenta del que sabe que sus días están contados. no era un retiro obligado por su padecimiento cardiaco, era una entrega deliberada a la muerte.

¿qué vislumbró en aquel umbral, quién lo llamó? la alegría de un bienestar futuro que probaba a cuenta gotas, algo que estábamos lejos de comprender y trataba de disimular ante nosotros, ante sus amigos, en su oficina. una vez, al acomodar su ropa para enviarla a lavar, su esposa descubrió en un pliegue oculto de una chaqueta un anudamiento de hilos rojos bien trenzados en un alfiler. el objeto era una suerte de amuleto. el color rojo de los hilos llevaba a suponer que era un embrujo amoroso. mi hermana lo examinó: era un objeto extraño, tenía un sesgo ominoso, en su interior parecía latir algo pequeño de pronto duro, de pronto blando, o viscoso, desagradable en todo caso. no lograron saber quién lo había ocultado en la prenda. lo arrojaron a una atarjea en un crecero cercano a un cementerio.

ignoro por qué hicieron aquel acto y no otro para deshacerse del amuleto, o maleficio. desde el punto de vista de la magia, el cruce de líneas, objetos o caminos implica conjunciones o comunicaciones. una zona que permite un cambio trascendental de rumbo. se acude a un cruce si se desea cambiar o invertir algo. juan eduardo cirlot explica: "por ello, la superstición indica utilizar el cruce de dedos, o de objetos. en las danzas tradicionales se cruzan espadas y barrotes para provocar el cambio (curación), es decir, para modificar el curso del proceso sin que éste llegue a su final ordinario".

creer o no creer resulta vano, la disyuntiva profunda es experimentar o no experimentar, y verse a sí mismo al hacerlo. muchos eligen la primera vía. recordemos: la magia, una mentira verdadera. el arte: magia liberada de la mentira de ser verdad.

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